Pinocho
Un cuento clásico de Carlo Collodi
Vamos a leer juntos uno de los cuentos más queridos del mundo: la historia de un muñeco de madera muy travieso que, después de muchas aventuras, aprendió las cosas más importantes de la vida. Ponte cómodo… ¡que empieza el relato!
Para leer en familia
Lee despacito y haz pausas en cada dibujo. Pregúntale al niño o la niña qué cree que pasará después, y conversen sobre lo que Pinocho podría hacer mejor.
El misterio del leño parlante

En un pequeño taller lleno del aroma a madera fresca y serrín dorado, vivía Maese Cereza, un carpintero de nariz roja como una cereza madura. Un día, encontró un trozo de leño común, pero al intentar cortarlo, escuchó una vocecita fina que suplicaba: «¡No me hagas daño!». Asustado, miró por todos lados, pero no había nadie. Al volver a cepillar la madera, esta se rió haciendo cosquillas en sus manos.
Justo entonces, llegó su amigo Gepeto, un viejecito de peluca amarilla. Gepeto buscaba madera para crear un muñeco maravilloso que pudiera bailar y saltar. Maese Cereza, aliviado de deshacerse del tronco encantado, se lo regaló. Pero al entregárselo, el leño dio un golpe en la espinilla de Gepeto, iniciando una divertida discusión entre los dos amigos que terminó en risas y abrazos.
Nace Pinocho

De vuelta en su humilde casa, Gepeto comenzó a tallar con amor. «Le llamaré Pinocho», pensó. Al terminar los ojos, estos se movieron y lo miraron fijamente. La nariz creció sin parar, obligando a Gepeto a recortarla una y otra vez. La boca sonrió burlona y sacó la lengua. Cuando terminó las manos, ¡el muñeco le quitó la peluca de la cabeza!
Al finalizar los pies, Pinocho salió corriendo por la calle como una centella, dejando a Gepeto desesperado, hasta que un guardia lo atrapó por su larga nariz y se lo devolvió. ¡Con tantas prisas, Gepeto hasta se había olvidado de hacerle las orejas!
Consejos ignorados

En casa, Pinocho encontró al Grillo Parlante, que vivía allí desde hacía cien años. El grillo, sabio y paciente, le advirtió: «Ay de los niños que se rebelan contra sus padres y abandonan su casa; nada bueno les sucederá». Pinocho, terco y caprichoso, respondió que no quería estudiar ni trabajar, sino solo comer, dormir y divertirse.
El grillo insistió en que esa vida llevaba a la ruina, y lo llamó «muñeco con cabeza de madera». Enfurecido, Pinocho le lanzó un mazo. Solo, hambriento y sin guía, el muñeco empezó a sentir las primeras consecuencias de su desobediencia.
Una noche de hambre y frío

La noche cayó con tormenta y truenos. Pinocho, muerto de hambre, salió a buscar comida pero solo recibió un cubo de agua de un vecino enfadado. Volvió a casa mojado y cansado, y apoyó sus pies de madera en el brasero para secarse. Se quedó dormido tan profundamente que, al despertar, ¡sus pies se habían quemado por completo!
Gepeto volvió a casa y, al ver a su hijo sin pies, no se enfadó: se enterneció. Sacó tres peras que eran su propio desayuno y se las dio. Con paciencia infinita, le talló unos pies nuevos y prometió cuidar mejor de él. Pinocho, agradecido, prometió portarse bien.
El sacrificio de la cartilla

Gepeto vendió su única chaqueta, tiritando de frío, para comprarle a Pinocho una cartilla para la escuela. Pinocho prometió estudiar, pero en el camino escuchó música de pífanos y tambores. Tentado por la curiosidad, cambió su cartilla nueva por una entrada al Gran Teatro de Muñecos.
Dentro, los muñecos reconocieron a su hermano Pinocho y lo abrazaron. Apareció entonces Tragalumbre, el dueño, un gigante barbudo y temible. Al principio se enfadó, pero al ver el buen corazón de Pinocho, se compadeció de él y, en lugar de castigarlo, le regaló cinco monedas de oro para que se las llevara a su padre.
La trampa de la codicia

Con las monedas en el bolsillo, Pinocho se encontró con la Zorra coja y el Gato ciego. Estos astutos villanos le hablaron del «Campo de los Milagros», donde —aseguraban— si enterrabas una moneda, nacía un árbol cargado de oro.
Pinocho, sin escuchar a un mirlo que le advertía sobre las malas compañías, cayó en la trampa. La Zorra y el Gato lo llevaron a una posada, comieron de todo… y a medianoche se marcharon, dejándole a él la cuenta. Cegado por la ilusión de hacerse rico sin esfuerzo, Pinocho siguió solo hacia el campo.
El robo y la injusticia

En el Campo de los Milagros, Pinocho enterró sus monedas, y la Zorra y el Gato le dijeron que volviera en veinte minutos. Cuando regresó, no había ningún árbol de oro: solo un papagayo que se reía de su ingenuidad. ¡Los ladrones habían desenterrado el dinero y habían huido!
Desesperado, Pinocho fue a denunciar el robo ante el Juez, pero, en aquel lugar tan injusto, ¡lo castigaron a él por haber sido tan ingenuo! Solo quedó libre cuando se celebró una gran fiesta en la ciudad y dejaron salir a todos. Pobre Pinocho: por no pensar, había perdido el oro y su tiempo.
La nariz que crece

Tras muchas aventuras, Pinocho llegó a la casa del Hada de los Cabellos Azules, que lo quería como a un hijo. El Hada le preguntó qué había pasado con sus monedas de oro. Y Pinocho… ¡mintió! Dijo que las había perdido. Al instante, su nariz comenzó a crecer y crecer, tanto que ya no podía ni darse la vuelta en la habitación.
El Hada, sonriendo, le explicó que las mentiras siempre se notan, como una nariz larguísima. Avergonzado, Pinocho confesó la verdad, y unos pajaritos carpinteros picotearon su nariz hasta devolverla a su tamaño normal. Pinocho aprendió que es mucho mejor decir la verdad.
El País de los Juguetes

Pinocho prometió ser bueno y, durante un tiempo, fue el mejor de la clase. Pero un día, sus compañeros lo tentaron para ir al «País de los Juguetes», un lugar sin escuelas ni maestros, donde solo se juega todo el día. Pinocho no se pudo resistir y allá se fue.
Durante meses no hizo más que jugar y holgazanear. Hasta que, una mañana, despertó con unas enormes… ¡orejas de burro! Y poco a poco se fue transformando en un burrito de verdad. Así descubrió que los niños que solo juegan y nunca aprenden acaban metidos en grandes líos.
De vuelta a casa y el milagro final

Después de muchas aventuras por el mar, Pinocho encontró por fin a su padre Gepeto, y juntos lograron volver a casa. Esta vez, Pinocho no se separó de él: cuidó a Gepeto cuando estuvo enfermo, trabajó con esfuerzo y estudió cada día con cariño y honestidad.
Una noche soñó con el Hada Azul, que lo perdonó por su buen corazón. Y al despertar, ocurrió el milagro: Pinocho ya no era un muñeco de madera, ¡sino un niño de verdad, sano y feliz! Corrió a abrazar a Gepeto, y vivieron juntos para siempre.
La lección de Pinocho
¿Qué aprendimos?
Pinocho nos enseña a decir siempre la verdad, a escuchar los buenos consejos, a no confiar en los que quieren engañarnos y a esforzarnos estudiando y ayudando a quienes amamos. ¡Portándonos bien, todo termina mejor!
Actividad
Piensa en una vez que dijiste la verdad aunque costara: ¿cómo te sentiste después? Dibuja a Pinocho en tu escena favorita, o inventa una nueva aventura para él.
Actividades para imprimir
Descarga e imprime estas actividades de Pinocho.
Juega en la pantalla
🤥¿Verdad o Mentira? (¡cuidado con la nariz!)
Responde y cuida que a Pinocho no le crezca la nariz.
“Pinocho estaba hecho de madera.”
💭Para pensar y crear
Preguntas para pensar y conversar en familia.
Piensa y cuéntale a tu familia:
A Pinocho le crecía la nariz al mentir. ¿Por qué es mejor decir siempre la verdad?