Bosque del Saber
Vamos a Leer: Libros Ilustrados
Cuento ilustrado

El Principito

Una historia de Antoine de Saint-Exupéry

Hoy vamos a leer una historia muy especial y un poquito más larga que las demás. Es un cuento tierno y soñador sobre un niño que vino de una estrella muy lejana, y sobre todo lo que nos enseñó acerca del cariño y la amistad. Ponte cómodo, respira despacio… y dejémonos llevar.

👨‍👩‍👧

Para leer en familia

Esta historia es perfecta para leer despacito, en voz alta, quizás antes de dormir. Tiene momentos alegres y otros un poco tristes y bonitos a la vez. Al terminar, pregúntense: ¿quién es alguien a quien quieren tanto que lo hace especial entre todos los demás?

Un dibujo que nadie entendía

Un aviador junto a su avión averiado en medio del desierto del Sahara
El aviador quedó solo en medio del desierto.

Cuando era niño, un hombre dibujó una vez una enorme serpiente que se había tragado a un elefante entero. Estaba muy orgulloso de su dibujo, pero todos los adultos a quienes se lo enseñaba decían lo mismo: «¡Qué bonito sombrero!». Nadie veía al elefante dentro de la serpiente. Cansado de que no lo entendieran, el niño decidió dejar de dibujar.

Aquel niño creció y se hizo piloto de aviones. Y un día, volando muy lejos de todo, su avión se averió y tuvo que aterrizar de golpe en medio del desierto del Sahara, donde no había ni una sola persona en miles de kilómetros. Estaba completamente solo, con muy poca agua y un motor que debía reparar antes de que se le acabara.

Una voz en el desierto

El Principito, un niño de cabellos dorados, aparece ante el aviador en el desierto
«Por favor… dibújame un cordero».

A la mañana siguiente, una vocecita muy suave lo despertó: «Por favor… dibújame un cordero». El piloto abrió los ojos de un salto. Allí, de pie en medio de la nada, había un niño pequeño de cabellos dorados que lo miraba con mucha seriedad. No parecía perdido, ni cansado, ni con miedo. Había aparecido como por arte de magia.

El piloto, asombrado, intentó dibujar un cordero, pero ninguno le gustaba al niño: uno estaba muy flaco, otro parecía viejo, otro tenía cuernos. Hasta que, perdiendo la paciencia, dibujó simplemente una caja con tres agujeros y dijo: «El cordero que quieres está aquí dentro». Y entonces, por fin, los ojos del niño se iluminaron de felicidad. Así comenzó una amistad muy especial.

El pequeño planeta y la rosa

El Principito en su diminuto planeta junto a una rosa roja y dos pequeños volcanes
En su planeta vivía una rosa muy especial.

Poco a poco, el piloto descubrió de dónde venía su pequeño amigo. El Principito vivía en un planeta muy, muy pequeñito, no mucho más grande que una casa, con dos volcanes que le servían para calentar el desayuno y unos arbolitos que debía arrancar cada mañana para que no crecieran demasiado. Era un mundo diminuto y tranquilo.

Un día, en su planeta, había brotado una flor como nunca había visto: una rosa hermosa y perfumada, pero también un poco orgullosa y caprichosa. El Principito la cuidaba con todo su corazón: la regaba, la protegía del viento y la cubría de noche. La quería muchísimo, aunque a veces sus quejas lo ponían triste.

La despedida y el viaje

El Principito se eleva de su planeta agarrado a una bandada de aves migratorias
Partió a conocer otros mundos.

Con el tiempo, el Principito se sintió confundido y algo solo. Pensó que viajar lo ayudaría a entender muchas cosas. Así que limpió sus volcanes por última vez, regó su rosa y se despidió de ella. La rosa, que en el fondo lo quería mucho, le confesó que había sido un poco tonta con sus quejas, y le pidió que fuera feliz.

Entonces aprovechó el paso de una bandada de aves silvestres y, agarrándose de ellas, se elevó por el cielo para conocer otros planetas. En su viaje visitó varios mundos pequeñitos, cada uno habitado por una persona mayor muy curiosa que le enseñó algo sobre cómo son a veces los adultos.

El rey sin súbditos

Un rey anciano con manto y corona sentado en un trono en un planeta diminuto
Un rey que quería mandar… sin nadie a quien mandar.

En el primer planeta vivía un rey vestido con un gran manto, sentado en su trono. «¡Un súbdito!», exclamó al ver al Principito, feliz de tener por fin a alguien a quien dar órdenes. Pero en aquel planeta no había nadie más, así que el rey mandaba al sol que saliera, a las estrellas que brillaran… cosas que de todos modos iban a pasar solas.

El Principito pensó que las personas mayores eran muy extrañas. El rey le pidió que se quedara como ministro, pero el niño se aburría, y se marchó. Por el camino comprendió algo: mandar tiene sentido solo cuando se pide lo que de verdad se puede cumplir, y con cariño.

El hombre vanidoso

Un hombre con un gran sombrero de plumas hace reverencias en su pequeño planeta
Solo quería que lo admiraran.

En el siguiente planeta vivía un hombre con un sombrero enorme y lleno de plumas. «¡Ah, un admirador!», dijo nada más verlo. Solo quería que el Principito aplaudiera y le dijera que era el más guapo y el más maravilloso. Cada vez que el niño aplaudía, el hombre se quitaba el sombrero y saludaba, una y otra vez, sin cansarse jamás.

El Principito se cansó pronto de aquel juego y siguió su viaje. En otro planeta encontró a un señor muy triste que pasaba el día entero callado y cabizbajo. El niño no logró entender bien su tristeza, y se fue pensando que, decididamente, las personas mayores eran rarísimas.

El hombre de negocios

Un hombre de negocios serio cuenta estrellas rodeado de números en su planeta
Decía ser dueño de todas las estrellas.

Después llegó al planeta de un hombre de negocios tan ocupado que ni siquiera levantó la vista. «Cinco millones de estrellas… son mías», repetía, contándolas sin parar. «¿Y qué haces con ellas?», preguntó el Principito. «Nada. Las poseo», respondió el hombre. «Las cuento y las guardo en el banco».

Al Principito le pareció muy raro. «Yo tengo una rosa a la que riego cada día, y tres volcanes que limpio», pensó. «A ellos sí les sirve que yo los cuide. Pero a las estrellas, ¿de qué les sirve este señor?». Y, sin entenderlo, continuó su camino.

El farolero fiel

Un farolero enciende y apaga un farol en un planeta minúsculo
El único que pensaba en algo más que en sí mismo.

En un planeta minúsculo encontró a un farolero que encendía y apagaba un farol sin descanso. Su planeta giraba tan deprisa que el día y la noche se sucedían a cada minuto, así que él vivía encendiendo y apagando la luz una y otra vez, agotado pero fiel a su tarea. El Principito sintió que ese hombre, al menos, se ocupaba de algo que no era solo él mismo.

Más adelante visitó a un geógrafo que dibujaba mapas pero nunca había salido a ver su propio planeta. Fue él quien le aconsejó al Principito visitar un lugar grande y lleno de vida: el planeta Tierra. Y hacia allí se dirigió el pequeño viajero, con el corazón curioso.

La serpiente del desierto

El Principito conversa con una serpiente dorada en el desierto bajo las estrellas
Llegó a la Tierra, a un desierto silencioso.

El Principito llegó a la Tierra, pero cayó en medio de un desierto vacío y silencioso, sin ver a nadie. Lo primero que encontró fue una serpiente dorada que se deslizaba sobre la arena bajo la luz de la luna. «¿Dónde están las personas?», preguntó el niño. «Una se siente sola también entre los hombres», le respondió enigmática la serpiente.

La serpiente le dijo que, si algún día echaba mucho de menos su planeta, ella podría ayudarlo a regresar. El Principito no entendió del todo sus palabras, pero le dio las gracias y siguió caminando por la arena, buscando amigos en aquel mundo tan grande y desconocido.

El jardín de cinco mil rosas

El Principito mira sorprendido y triste un enorme jardín lleno de rosas iguales
Miles de rosas iguales a la suya.

Caminando, el Principito llegó a un jardín enorme cubierto de rosas… ¡cinco mil rosas, todas iguales a la suya! Se quedó muy triste. Su rosa le había hecho creer que era única en todo el universo, y ahora descubría que había miles como ella. «Entonces mi rosa no era tan especial», pensó, y se sentó en la hierba a llorar.

El zorro y su secreto

Un zorro de pelaje anaranjado conversa con el Principito sentado en el campo
«Domestícame», dijo el zorro.

En ese momento apareció un zorro. «Ven a jugar conmigo», le pidió el Principito. «No puedo, no estoy domesticado», respondió el zorro. «¿Qué significa domesticar?», preguntó el niño. «Significa crear lazos», dijo el zorro. «Ahora tú y yo no nos necesitamos. Pero si me domesticas, seremos únicos el uno para el otro en todo el mundo».

Así, día tras día, el Principito se fue acercando al zorro con paciencia, hasta que se hicieron amigos de verdad. Cuando llegó el momento de partir, el zorro le regaló un secreto muy hermoso: «Solo con el corazón se puede ver de verdad; lo más importante es invisible a los ojos». Y añadió algo que el niño nunca olvidaría.

«Tu rosa es única porque es la tuya, porque la has cuidado y la has querido. Eso es lo que la hace diferente de las otras cinco mil. Y te has vuelto responsable para siempre de aquello que has domesticado». El Principito entendió entonces que su rosa sí era especial, porque era SU rosa, y sintió unas ganas enormes de volver con ella.

El pozo en el desierto

El aviador y el Principito beben agua de un pozo en el desierto al amanecer
Encontraron un pozo y compartieron el agua.

Mientras tanto, el agua del piloto se había terminado y el avión seguía sin arreglarse. Así que, juntos, el piloto y el Principito caminaron por el desierto buscando un pozo. Al amanecer, lo encontraron. El agua de aquel pozo era fresca y dulce, y al beberla los dos sintieron que sabía a algo más que a agua: sabía a amistad, a esfuerzo compartido y a estrellas.

«Lo que hace hermoso al desierto», dijo el Principito mirando la arena dorada, «es que en algún lugar esconde un pozo». El piloto comprendió que las cosas más valiosas no siempre se ven a simple vista: hay que buscarlas con el corazón.

La vuelta a las estrellas

El Principito mira el cielo estrellado mientras el aviador lo despide con nostalgia
«Mira el cielo… yo estaré en una de esas estrellas».

Había pasado justo un año desde que el Principito había llegado a la Tierra, y echaba muchísimo de menos a su rosa. Le dijo a su amigo piloto que era hora de regresar a su planeta, y que para eso necesitaba la ayuda de la serpiente. El piloto, que ya lo quería como a nadie, sintió una gran tristeza y no quería dejarlo ir.

«No te pongas triste», lo consoló el niño. «Cuando mires el cielo de noche, como yo estaré viviendo en una de esas estrellas, será como si todas las estrellas se rieran para ti. Tendrás estrellas que saben reír». Y le regaló su risa como el mejor de los recuerdos.

Aquella noche, el Principito volvió en silencio junto a la serpiente y regresó a su pequeño planeta, con su rosa. El piloto reparó su avión y volvió a casa, pero nunca lo olvidó. Y desde entonces, cada vez que mira las estrellas, sonríe… porque sabe que, en algún lugar allá arriba, un niño de cabellos dorados cuida de su rosa y ríe entre las estrellas.

La lección de la historia

🦊

¿Qué aprendimos?

Lo más importante de la vida no se ve con los ojos, sino que se siente con el corazón: el cariño, la amistad y el tiempo que dedicamos a quienes queremos. Aquello que cuidamos con amor se vuelve único y especial, y nos hacemos responsables de ello para siempre.

Actividad

Piensa en alguien o en algo que quieras mucho y que sea especial solo para ti (una mascota, un amigo, un juguete). Cuenta por qué es único. Luego dibuja al Principito en su pequeño planeta con su rosa… ¡y añade todas las estrellas que quieras al cielo!

Desarrolla:CreatividadMotricidad fina

Actividades para imprimir

Descarga e imprime estas actividades del Principito.

Juega en la pantalla

Desarrolla:MemoriaAtención visual

🃏Memoria: encuentra las parejas del Principito

Encuentra las parejas de cartas del cuento del Principito.

Desarrolla:LenguajeComprensión

🎭Ahorcado: adivina la palabra del cuento

Adivina las palabras secretas del cuento, letra por letra.

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Pista: El niño que vino de una estrella

Desarrolla:CreatividadLenguaje

💭Para pensar y crear

Preguntas para pensar y conversar en familia.

Piensa y cuéntale a tu familia:

El zorro dijo que lo esencial es invisible a los ojos. ¿Qué cosas importantes no se ven, solo se sienten?

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